lunes, 25 de agosto de 2014

Comentario sobre el film "Henri Cartier-Bresson: The Impasionated Eye."


                    "I'd never had a Dominican confessor. I'd rather confess to the girls in the brothel..."

Como recién arribado al universo de la fotografía, el tener a Cartier-Bresson como primera impresión, es probablemente el acercamiento más adecuado que puede haber para alguien con una recepción similar a la mía; directo a lo denso, a lo emotivo, a lo personal e íntimo. Con una consecuencia entre presencia, discurso y obra, vemos a un fotógrafo que llevó lo de convertir una cámara en una extensión del ser, a un siguiente plano: a convertirse a si mismo, cámara ya incluida, en una extensión de cada situación que capturó.
Ésto es más claro en sus retratos, pero igual de emotivo en sus piezas de paisajes de carácter geométrico, con ese patrón en diagonal que tanto se repite, esquinando objetos, lugares, personas; enfrentándolos a un plano de luz, como un fantasma que observa a sus seres queridos desde una distancia prudente pero no ajena. Cartier-Bresson se convertía probablemente en eso, en un fantasma familiar, en una presencia que solo cerraba el "ojo" cuando sabía que estaba a punto de suceder algo que quería conservar en la memoria por siempre, el fruto tangible de su conexión con el mundo en el que vivió.
Ver a un Cartier-Bresson de edad avanzada disfrutar con pasión de una pieza musical, de un cuadro de Uccelo, de sus propias memorias, es una promesa de eternidad para el creador.

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