miércoles, 17 de septiembre de 2014

Después de la Fotografía.


Escuchamos un nítido eco de Sontag, como si de una profeta interpretable (o debatible) solo en la paticularidad, se tratase; combinado con recuerdos de nuestra memoria comunitaria, tecnológica, popular. Todo suena a déjà vu; a que ya lo sabemos, a que ya lo vivimos, a que solo falta una tercera persona que lo recalque para darnos cuenta que no lo atrapamos en el aire, y que más bien despierta en nosotros. Quizá todo es falta de atención, o simple falta de interés. Podría ser también, que somos cíclicos y predecibles, y que cuando las cosas suceden, ese futuro que sentimos cual neblina, se convierte en el resultado más obvio y secuencial. Somos criaturas de costumbres, y como Ritchin lo menciona, toda revolución, todo cambio se fundamenta en lo considerable, en lo existente. La era digital es solo una reestructuración de las costumbres, una deformación de las costumbres, o más bien, una adaptación de las mismas a una construcción dentro de la construcción. Toda persona adquiere voz de un momento para otro, y entre el abanico de intereses que nacen de lo individual, cada tema se apropia de esa voz y adquiere notoriedad. Ironía es que todo adquiera importancia y en ese justo momento, todo lo pierda por la misma razón. Volvemos al mismo orden de criterios en el que el poder reina y solo quien grita desde un pedestal, merece ser escuchado, solo que ésta vez por vías más extravagantes.
Pareciera que el más grande logro de Ritchin en éste libro es recalcar lo obvio, que deja de verse como tarea sencilla cuando se retoma la frase, "De lo que ningún pez sabe absolutamente nada es precisamente del agua" de McLuhan. ¿Qué tan difícil es generar una auto-crítica, y una auto-imagen objetivas para entendernos, sin considerar el pasado? ¿Qué tan sensato es tomar todo cambio y descubrimiento como algo que parte de una relación con sus causas, pero no considerarlo como algo analizable desde la experiencia y simplemente dejarlo crecer y desarrollarse indiscriminadamente?
Retomamos temáticas de los ensayos de Sontag como la subjetividad de la imagen, el fenómeno de la desensibilización, el papel del fotógrafo en la producción de la imagen (tema refrescante porque realmente hay un gran salto entre la pasividad del fotógrafo de Sontag y la herramienta indiscernible en la que se convierte el mismo en todo el proceso de la era digital, de Ritchin) y una serie de cuestiones que podrían tomarse como estudios sociológicos de la imagen fotográfica sobre la sociedad. Todo ésto sucede ni bien entrado el prólogo y aunque se salta a otros campos, la mayoría parece caer en una crítica sobre la objetividad de la nueva era, puntualizando en la imagen digital sin abandonar jamás la crítica colateral hacia la imagen analógica. Ambas se tratan como relativos desde un punto de vista coloquial, como antepasado y evolución, pero más adelante se empiezan a exponer las diferencias que les competen, generando una nueva idea sobre la relación que comparten, que a mi parecer es más una relación con posibilidades comparativas que una verdadera relación evolutiva. Valdría la pena analizar ambas desde un punto de vista no lineal, eliminando la temporalidad de la ecuación. Las diferencias entre una y otra se antojan insalvables.
Ahora bien, tocamos el tema de la validación de la imagen, entrando de lleno con el fotoperiodismo y una triste exposición de métodos (incluido el que cuenta haber propuesto con su grupo en la Universidad) que buscaban devolverle el aura de verídica a la fotografía. Triste porque se seguía insistiendo en una búsqueda de "La Verdad" en una era que ya atravesaba por una comprensión de la verdad como algo individual y no un ente generalizado. La comunicación requiere de puntos de partida, de contratos que generalicen hasta cierto punto la realidad para tener material con el que trabajar, si todo cae en la relatividad, solucionar problemas de interés común y concretar esfuerzos, se convierte en una tarea mucho más ardua, y de la nada, términos como "difícil" empiezan a resonar en las mentes del colectivo como sinónimo de "imposible". Realmente la búsqueda de verdades tiene una finalidad práctica, pero querer fundamentarlas por un medio tan maleable a voluntad como es la fotografía digital sabe más a una treta de control hacia el público que una meta razonada. Recuerdo vagamente a Gombrich mencionar que para los primeros hombres y culturas antiguas que sucedieron, la representación pictórica, el dibujo en sí, no era una relación de punto y linea, si no un ente con poder, o que otorgaba poder; una posesión del símil que se representaba, un doppelgänger sujeto a posible coerción. Considero que ya nos acercamos lo suficiente al lienzo como para ver las plastas de pintura, ya lo vimos fijamente el  tiempo suficiente como para que empiece a perder su magia controladora. Dice Ritchin sobre la pornografía infantil, que los legisladores estipulan que llegará un momento en el que será imposible distinguir una fotografía verdadera de una editada lo que hace obsoletas las medidas que solo se toman frente al material fidedigno y no a las piezas que sugieren y actúan ésta situación, pero hacen también una aseveración que considero de suma importancia, y esta es bajo mi interpretación, que para fines prácticos, cuando la imagen existe en un medio de relación como lo es el internet, deja de importar si es real o una construcción, porque sea una u otra, el efecto resultante en el público que la recibe es el mismo y las consecuencias también la realidad y la virtualidad comienzan a equipararse. 
¿Qué beneficios parten de generalizar a la producción fotográfica actual como una mentira, un costructo, ideas aterrizadas, pero nunca una fuente fidedigna de certeza? Está claro que se seguirán produciendo fotografías crudas, sin edición, sin intervención fuera de las limitantes técnicas que impone el representar una realidad móvil en un encuadre inmóvil (que parece adquirir cierta movilidad con el tratado digital y sus nuevas posibilidades de relación, pero una movilidad dirigida hacia otros fines aparte de la representación de la realidad tangible), y que a fin de cuentas se podrían considerar como verdaderas. Muchas de éstas podrían traer una carga importante de información, un acercamiento importante a esa verdad de la que tan sedientos estamos; podría ser también un grito de auxilio de las personas involucradas en situaciones como las guerras que según Ritchin se han convertido en entretenimiento; y sí, ver las noticias y el tratamiento narrativo vulgar con el que se informa sobre estos acontecimientos, confirma ésto. Retomo. Si entre todo el mar de imágenes que comenzaremos a considerar como mentiras, hay algo de verdad particular, algo que necesita atención, algo que tenga relevancia, ¿tenemos las herramientas para discernir? Comienza a sentirse más fácil convertir en la percepción publica y con el chasquido de los dedos, a la producción de imágenes fotográficas en otro medio de expresión y limitarlo a eso. Se ha salido de control, y al ritmo que vivimos, probablemente la relevancia del mismo mundo que retrata esa cámara digital pase a ser irrelevante. Si el humano tecnológico cada vez se recluye más en la misma tecnología y en la generación de sus espacios artificiales, sería posible considerar que en algún momento el mundo generado dentro de lo virtual adquirirá más importancia que el mundo real. Lo más probable es que suceda y para como pintan las cosas, todos estos problemas se trasladarán a éste otro medio: Llegado ese momento, ¿por fin se afrontarán o simplemente se repetirá la historia y generaremos una nueva realidad para evitar la responsabilidad sobre nuestro entorno y el de quien nos rodea? ¿Nos encontramos editando imágenes frente a una computadora o creando un mundo nuevo para escapar de éste?



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